Entre los muchos efectos que está causando el coronavirus, hay uno que todos, sin excepción, estamos sufriendo. Es el que tiene que ver con la aceleración desmedida del proceso de transformación digital de las empresas y, en general, de la sociedad. 

Y es que este COVID-19 está siendo un auténtico catalizador para todos los cambios tecnológicos que, para qué engañarnos, iban a llegar tarde o temprano. Pero cuando estos cambios se hacen con prisas y sin la planificación que se requiere, suele suceder que, por el camino, nos dejamos atrás a muchas personas que son incapaces de seguir este ritmo tan frenético. 

Si antes de esta crisis sanitaria ya se identificaba una sociedad que funcionaba a dos velocidades, ahora corremos el riesgo de perder definitivamente a muchas personas que se quedarán descolgadas porque la velocidad de estos cambios sobrevenidos les supera. 

Aún estamos a tiempo de corregir este problema que puede traer consecuencias muy graves a nuestro tejido social y empresarial. Quizás sea el momento de pensar en actuar desde tres frentes. 

El primero: la formación en habilidades digitales. Estos días nos han dejado multitud de situaciones inesperadas que, de no haber sido por el COVID-19, nunca hubiéramos imaginado que alguna vez sucederían. De entre las muchas que se nos puedan venir a la cabeza pongamos, por ejemplo, cómo la comunidad educativa ha tenido que cambiar sus modos de actuar de la noche a la mañana para descubrir, sin remedio, cómo adaptar la formación a la nueva situación de confinamiento. 

Hemos podido comprobar como docentes, con una larga y reconocida trayectoria profesional en el aula, han quedado invalidados en esta nueva situación por no tener las habilidades digitales necesarias para relacionarse con su alumnado de manera telemática. ¿Y ahora, qué hacemos? 

No nos podemos permitir el lujo de perder a ninguno de estos grandes profesionales porque desconocen las nuevas reglas del juego. Habrá que enseñarles y formarlos para que puedan seguir ejerciendo su magisterio con la misma calidad con la que lo hacían presencialmente en las aulas. 

Sobra decir que este ejemplo del ámbito educativo se puede extrapolar a muchos profesionales de otros tantos sectores – periodistas, abogados, economistas… – que ahora mismo están viviendo su particular travesía del desierto digital. 

El segundo factor que impide a gran parte de la población seguir el pulso que la transformación digital está marcando es la, tantas veces mencionada, brecha digital. Son

muchas las personas que no pueden permitirse disponer de un portátil, una tablet o un smartphone que les facilite el acceso a los servicios digitales que les demanda el nuevo escenario. 

Volviendo a nuestro ejemplo educativo, pensemos en una familia – padre, madre y dos hijos – que disponga de un solo ordenador para todo el hogar y que, de repente, necesita un dispositivo para cada uno de sus miembros porque de lo contrario no pueden teletrabajar, en el caso de los mayores, o estudiar si hablamos de los más pequeños. Disponer de los recursos tecnológicos necesarios para afrontar esta nueva realidad no es un lujo, ahora se ha convertido en algo esencial porque de lo contrario estás fuera de la vida. 

Supongamos por un momento, que hemos conseguido resolver los dos primeros obstáculos y que somos personas formadas que disponemos de la tecnología necesaria para movernos con solvencia en el mundo digital pero, sin embargo, vivimos en un lugar donde no hay acceso a la banda ancha o tenemos mala cobertura de móvil. ¿Y entonces qué hacemos? 

Porque la realidad es que no toda la población accede en las mismas condiciones a los servicios de telecomunicación. Solo los grandes núcleos urbanos están bien dotados pero, ¿y el resto? La imposibilidad de una gran parte de la sociedad para poder acceder en condiciones óptimas a Internet también deja fuera del nuevo escenario digital a una buena cantidad de personas. 

Continuando con nuestro ejemplo, pensemos en esos niños que no pueden estudiar porque no tienen acceso a la banda ancha, o en los profesionales que no pueden teletrabajar porque residen en zonas rurales o en el extrarradio de las ciudades donde la conectividad es deficiente. 

En relación a este punto podemos atisbar, en un futuro no muy lejano, situaciones críticas como las derivadas de la doble insularidad digital o las que sucederán en muchas zonas rurales abocadas a quedarse vacías por no estar conectadas al mundo digital. En esta nueva realidad, no tener acceso a la banda ancha es como vivir en una casa sin agua o sin luz. 

La velocidad con la que ha llegado el COVID-19 ha evidenciado todas estas carencias estructurales que están poniendo en jaque a una sociedad que no puede permitirse el lujo de perder a nadie, ya sea porque no tiene las habilidades digitales necesarias, porque no puede adquirir el equipamiento que precisa o bien, porque no tiene acceso a la banda ancha. 

Siempre he pensado que la tecnología debe servir para unir a las personas y nunca para excluir a nadie. Por eso, ahora nos toca a todos, especialmente a los tecnólogos, asegurarnos que nadie se queda por el camino en este proceso acelerado de transformación digital. 

Cada persona que dejamos atrás es un fracaso colectivo que aún estamos a tiempo de evitar. Aprovechemos esta oportunidad que nos trae el inesperado COVID-19 para transformarnos digitalmente y ganar el futuro.

 

Jorge Alonso Abril 2020